Por Mario Ferreiro
Los dichos proferidos el miércoles por el diputado Yamil Esgaib, sobre la permanencia o no del nuevo fiscal general del Estado en su cargo, no debieran sorprendernos demasiado. Cuando un parlamentario republicano enarbola ese tipo de banderas no está haciendo otra cosa más que renovar el compromiso de los sectores más retardatarios de la ANR con los proyectos autoritarios que tanto añora. Eso es precisamente lo que ahora parece estar pergeñándose con un apuro evidente y altamente sospechoso en el nuevo oficialismo que asume el 15 de agosto.
Ya en épocas anteriores hemos escuchado frases pronunciadas por altos exponentes gubernamentales que justificaban la dictadura diciendo “La Calle es de la Policía”, inmortal frase del ex ministro de Educación de Stroessner, Carlos Ortiz Ramírez, a quien el gracejo popular respondió bautizándolo con el jocoso mote de “Ñandejara Taxi”. Más explícito fue el entonces ministro del interior Sabino Augusto Montanaro cuando amenazó con aplicar “Tuerca, tuerca, tuerca…” a los opositores. Allí no quedó mucho espacio para la metáfora.
Estos son los mismos que nos han enrostrado siempre el peso insoportable de sus amañadas mayorías, producto de esa maquinaria electoral feroz que cambió muy poco con el paso de la dictadura a la democracia. Se modificaron levemente las reglas de juego es cierto, pero no cambió un ápice el perverso sistema de prebendas y privilegios que han sostenido durante décadas, dominando absolutamente los tres poderes del Estado, permeando todos los estratos de nuestra sociedad. Ellos fueron y siguen siendo los dueños de nuestro destino como sociedad.
Así fue desde el origen de los tiempos, un modelo prepotente y brutal que antes perseguía con tortura, muerte y desapariciones, y hoy lo hace con la criminal eficacia de un sistema de justicia peor que cualquier estado estalinista de los años 50. De hecho, siempre los polos opuestos se atraen y los supuestamente adversarios se parecen mucho en sus conductas más extremas. Los campos de concentración de ayer son los engorrosos procesos judiciales amañados, con causas inventadas, de hoy. Para eso tienen un ejército de jueces, fiscales, ujieres y oficiales de justicia.
La verdad es que no se han ido nunca. Se mimetizaron con el disfraz de la tolerancia y la democracia por un tiempo; nos dejaron ganar una que otra elección, para jugar por un ratito el juego de la alternancia, y apenas pudieron volvieron a las viejas prácticas. En medio de todo esto nos hicieron atravesar los sucesivos infiernos del Marzo Paraguayo, la masacre de Curuguaty y la Enmienda de Sangre. Así de brutales pueden llegar a ser. No cabe duda.
Por eso las palabras de Yamil no pueden sorprendernos, sino simplemente confirmarnos que hemos vuelto al principio. El país del eterno retorno a su desgraciado destino de supremacía de la fuerza sobre la razón está de nuevo ante nosotros. El que quiera oír que oiga. El resto que no se lamente cuando sea demasiado tarde.
Lo dijo claramente ayer la diputada Johanna Ortega cuando les advirtió a los integrantes de Fuerza Republicana diciendo: “Ahora vienen por nosotros, pero mañana también vendrán por Ustedes”. Más claro agua. Les pasó los “Mendezfleitistas” hace seis décadas, a los MOPOCOS y a los tradicionalistas-argañistas. Les pasa todo tiempo en sus sangrientas internas, si hasta han sido capaces de matar a un vicepresidente en ejercicio, sumiendo al país entero a un caos indescriptible del cual nunca nos hemos recuperado del todo.
Ante tanta barbarie solo queda elevar nuestro firme reclamo ciudadano, porque el que calla simplemente otorga y acepta un estado de cosas que más temprano que tarde puede volverse irrespirable. Estos vienen por todo, y hasta es bueno que Yamil Esgaib lo verbalice, para que no queden dudas. La aplanadora ya está en pleno ejercicio de su aplastante poder y promete arrasar todo lo que se le ponga a su paso. No nos quejemos luego porque ya nos han avisado claramente con palabras y acciones. El que avisa probablemente no traiciona, pero igual mata ilusiones y esperanzas de un país más justo.
La nostalgia autoritaria arrecia y se disfraza de campañas de odio y bravuconadas varias. El copamiento del poder no es solamente una frase llamativa. Es la dura realidad de un país enamorado del infortunio.
MF
