Mossthane combina musgo y bacterias para capturar metano en ríos
Hay ideas que parecen tan simples que cuesta creer que recién ahora alguien las esté probando. Un equipo de la Universidad Napier de Edimburgo, en Escocia, viene desarrollando un proyecto llamado Mossthane que apunta a algo muy concreto: usar la naturaleza para atrapar uno de los gases de efecto invernadero más potentes del planeta antes de que llegue a la atmósfera. La receta combina musgo acuático y bacterias metanotróficas —es decir, bacterias que se alimentan literalmente de metano— en un único biofiltro vivo que puede instalarse en los cursos de agua que más metano emiten.
Según la información disponible, los investigadores cultivan en laboratorio un compuesto formado por musgo más bacterias metanótrofas, con el objetivo de instalarlo después en tramos de río con altas concentraciones de metano. La lógica es elegante: el musgo aporta el sustrato vivo donde las bacterias se establecen y se reproducen, y las bacterias hacen el trabajo metabólico — consumen el metano del agua y lo transforman en compuestos menos dañinos para el clima.
Por qué el metano es un objetivo prioritario
El protagonismo del CO₂ en la conversación climática a veces deja en segundo plano a un gas todavía más complicado. El metano (CH₄) tiene, según vienen señalando publicaciones científicas sobre cambio climático, un potencial de calentamiento global cercano a 80 veces el del CO₂ a 20 años. Es decir: cada molécula que termina en la atmósfera pesa muchísimo más en la cuenta. Y a diferencia del dióxido de carbono, el metano se queda menos tiempo arriba — lo que significa que reducirlo rinde más rápido en términos de efecto sobre la temperatura del planeta.
El cuello de botella: los ecosistemas de agua dulce
El proyecto Mossthane se mete justo donde hay más para ganar. Ríos, lagos, humedales y embalses son responsables, según estimaciones del sector, de hasta un tercio de las emisiones globales de metano. La razón biológica es clara: en el fondo de esos cuerpos de agua, la materia orgánica se descompone en condiciones de bajo oxígeno, y ese proceso libera metano que sube hacia la superficie. Cuanto más contaminados o eutrofizados están los ecosistemas, más metano generan.
Cómo se construye el biofiltro
La parte técnica explica buena parte del atractivo. El equipo desarrolla, según se desprende de las publicaciones del proyecto, una estructura en la que el musgo acuático funciona como soporte físico, una especie de «alfombra viva» que se ancla en el lecho del río o en estructuras flotantes. Sobre ese musgo se cultivan las bacterias metanotróficas, que dependen del metano disuelto en el agua para sobrevivir. Cuando el agua atraviesa el biofiltro, las bacterias hacen su trabajo y el gas se queda dentro del sistema, en lugar de escapar a la atmósfera.
La lógica del modelo
Una de las cosas que más diferencia a Mossthane de otros enfoques es que no introduce especies invasoras ni tecnologías ajenas al ambiente. Lo que hace es amplificar relaciones biológicas que ya existen en la naturaleza —el musgo y las bacterias son organismos comunes en ecosistemas acuáticos templados— y ponerlas a trabajar en una configuración pensada. Es bioingeniería sutil, en línea con otras experiencias internacionales que han tomado relevancia en los últimos años, como los proyectos de restauración de turberas en el Reino Unido que apuntan al mismo objetivo desde el otro lado de la ecuación.
Por qué pesa para Paraguay y la región
El caso escocés se sigue desde lejos por una razón que también es local. Paraguay y buena parte de Sudamérica tienen una enorme red de ríos, esteros, embalses y humedales tropicales que, por su biología, son emisores significativos de metano. El Pantanal, los esteros del Iberá, el río Paraguay con sus bañados, los embalses hidroeléctricos como Itaipú y Yacyretá — todos esos ambientes participan, en distintas proporciones, del mismo fenómeno biogeoquímico que el proyecto escocés busca atacar. Si la idea Mossthane prospera, su lógica es conceptualmente exportable, con las adaptaciones que cada bioma exija.
Una solución que viene desde la naturaleza
Lo más interesante del proyecto, más allá de sus números, es la dirección en la que apunta. En lugar de buscar mecanismos industriales para capturar gases ya emitidos, propone intervenir donde se generan con las herramientas que la propia naturaleza ya proporciona. Es una forma de pensar el cambio climático menos ingenieril y más biológica — y, según vienen mostrando experiencias similares en distintas geografías, puede ser, además, mucho más barata de escalar. La naturaleza, mirada de cerca, suele ofrecer algunas de sus mejores ideas. El trabajo de los investigadores escoceses es, en ese sentido, un buen ejemplo de saber escucharla.
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