Las tortugas gigantes regresan a Floreana, la isla donde Darwin vio su declive
Durante 175 años, la isla de Floreana, en el archipiélago de Galápagos, estuvo incompleta. Le faltaba el caminar pesado y milenario de sus tortugas gigantes, esos animales que parecen pedazos de roca con vida propia y que durante siglos modelaron el paisaje de las islas. Ese silencio acaba de terminar. Las tortugas volvieron a casa, y el regreso emocionó incluso a quienes dedicaron su vida a hacerlo posible.
«Floreana ahora estará completa», resumió Claudio Cruz, un agricultor de 66 años de la isla, con una frase que dice más que cualquier informe técnico. Para los científicos, el momento tiene otra dimensión. «Esto es historia», celebró Christian Sevilla, director de Ecosistemas del Parque Nacional Galápagos. Y el biólogo conservacionista James Gibbs lo puso en palabras todavía más íntimas: «Nunca pensé que esto sucedería».
Una ausencia que empezó con los balleneros
Para entender la emoción del regreso hay que mirar atrás. Las tortugas gigantes de Floreana fueron desapareciendo a lo largo del siglo XIX, empujadas por una combinación de saqueo y desequilibrio. Entre 1813 y 1820, los cazadores de ballenas las capturaban por cientos como fuente de alimento durante sus largas travesías; un solo barco ballenero estadounidense llegó a llevarse cientos de ejemplares en 1820. A esa presión se sumó la llegada de especies invasoras —ratas, gatos, cabras, cerdos y otros animales— que arrasaron con huevos y crías. Para 1850, la última tortuga de Floreana ya había desaparecido.
Un regreso que se preparó durante 15 años
Lo que ahora celebran las islas no fue un golpe de suerte, sino el fruto de un trabajo paciente y meticuloso. Durante 15 años, en el centro de cría de la isla Santa Cruz nacieron y crecieron 720 tortugas, criadas con cuidado hasta alcanzar la edad y el tamaño que les permitirían sobrevivir en libertad. Los primeros 50 ejemplares —de entre 7 y 15 años, con pesos que van de los 4,5 a los 18 kilos— fueron los pioneros del regreso, y otras 158 tortugas estaban previstas para sumarse en los días siguientes.
Detrás del esfuerzo hay una alianza de instituciones que vienen trabajando en conjunto: el Parque Nacional Galápagos, la Fundación Charles Darwin, Island Conservation y Galápagos Conservancy. Se trata, además, de tortugas híbridas: portan el linaje de las antiguas tortugas de Floreana mezclado con genes de poblaciones emparentadas, el resultado más cercano posible a las que un día habitaron la isla.
Tecnología para no perderles el rastro
El regreso viene acompañado de ciencia de punta. Cada tortuga liberada lleva en su caparazón un dispositivo GPS fijado con resina epoxi, pensado para funcionar durante una década y transmitir datos a través de la red satelital Starlink. El seguimiento, a cargo del investigador Martin Wikelski, del Instituto Max Planck, permitirá saber cómo se mueven, dónde se alimentan y cómo reconquistan, paso a paso, un territorio que sus antepasados perdieron.
El círculo que Darwin dejó abierto
Hay una coincidencia que le da a esta historia un peso simbólico enorme. En 1835, cuando Charles Darwin recorrió las Galápagos y empezó a hilvanar las ideas que cambiarían para siempre nuestra forma de entender la vida, ya observó que las tortugas gigantes estaban en franco declive. Casi dos siglos después, en el mismo escenario, la humanidad intenta reparar parte de aquel daño.
El desafío es descomunal. Se estima que el archipiélago llegó a albergar unas 350.000 tortugas gigantes; hoy quedan apenas entre 30.000 y 35.000, alrededor del 10 % de aquella población original. Pero la apuesta es a largo plazo: los responsables del proyecto proyectan que, en medio siglo, Floreana podría volver a tener miles de tortugas, y planean reintroducir además otras doce especies que se extinguieron localmente, mientras avanzan en la erradicación de las especies invasoras que aún quedan.
Por ahora, el primer paso ya está dado. Las tortugas caminan de nuevo por Floreana, lentas y antiguas como el tiempo, devolviéndole a la isla algo que parecía perdido para siempre. A veces, cuidar la naturaleza también es saber traerla de regreso.
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