Comer con el celular tiene un efecto que no ves

El detalle que muchas veces no miramos: no qué comemos, sino cómo

Solemos prestar mucha atención a qué ponemos en el plato —qué alimentos son saludables, qué cambiar en la compra—, pero rara vez nos detenemos en cómo comemos. Sobre ese punto puso el foco un estudio de la Sociedad Española de Neurología (SEN), la Universidad Rey Juan Carlos y el Centro de Investigación Biomédica de la Obesidad y Nutrición (CIBEROBN) del Instituto de Salud Carlos III, recogido por la nutricionista Azahara Nieto en El País.

La investigación, que combinó biometría, inteligencia artificial y cuestionarios en población clínica y general, analizó cómo influyen los dispositivos digitales, comer solo o acompañado y el uso del celular durante las comidas.

Comer con el celular: hasta un 30% más de calorías

Según el estudio citado por El País, usar el celular mientras se come disminuye la atención a las señales internas del cuerpo. Al mirar redes y contenidos breves, se comería más rápido y se perdería la conexión con el hambre y la saciedad. La investigación cifra ese efecto en alrededor de un 30% más de calorías consumidas cuando se come con el teléfono en la mano.

Por qué importan los primeros 30 minutos

De acuerdo con lo recogido en el artículo, la saciedad tarda una media de unos 30 minutos en registrarse en el hipotálamo. Si se come en intervalos más cortos, esa señal no llega a percibirse, lo que podría derivar en picoteos posteriores. Comer distraído, además, cambiaría la percepción sensorial: se nota menos el sabor y la textura, y se tiende a subestimar la cantidad consumida.

Solos, acompañados y el factor emocional

El contexto social también pesa. Según el estudio, comer acompañado puede modificar la velocidad, la duración y la cantidad de la ingesta: a veces se come más porque hay más tiempo para repetir, y otras más rápido si la persona se siente observada. El estado emocional incide de forma directa: ante estrés, ansiedad, aburrimiento o tristeza, las elecciones tenderían hacia opciones más palatables y de mayor densidad energética.

La conclusión que plantea la especialista en El País es que mejorar la alimentación no pasa solo por indicar qué comer, sino también por mirar en qué condiciones se come y qué lugar ocupa la comida en el día. Comer rápido, distraído o bajo presión, señala, no sería una cuestión de falta de voluntad individual, sino el reflejo de un estilo de vida que dificulta la conexión con las señales internas.


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