Reino Unido llena sus montes de pozas: la razón sorprende

Miles de pozas para retener agua, CO₂ y frenar incendios

Vista desde el aire, la imagen es rarísima: páramos enteros del norte del Reino Unido aparecen salpicados por miles de pequeñas pozas, como si alguien hubiera perforado las colinas a propósito. No es un capricho del paisaje. Detrás hay un trabajo paciente de científicos y gestores de tierras que están restaurando turberas degradadas —los famosos peatlands británicos— una poza a la vez.

El plan, según describen publicaciones especializadas en restauración ecológica, consiste en re-humedecer los suelos turberos a través de pequeñas presas y bunds que cierran las zanjas de desagüe abiertas durante décadas. El agua queda retenida en miles de pozas diminutas, el suelo recupera humedad y, sobre esa cama, vuelve a crecer el musgo Sphagnum, ingrediente clave de cualquier turbera viva. A los cinco años, en algunos de los proyectos más adelantados, los bunds aparecen cubiertos de pasto y las pozas, llenas de musgo nuevo.

Por qué las turberas importan tanto

El esfuerzo se entiende cuando se mira lo que las turberas guardan abajo. Solo en Escocia, los suelos de turba almacenarían en torno a 1.700 millones de toneladas de carbono, una cifra equivalente, según estimaciones citadas en informes ambientales, a unos 140 años de emisiones nacionales. Mientras la turba está húmeda y compacta, ese carbono queda atrapado. Cuando se seca y se quema, vuelve a la atmósfera de golpe.

Cómo se construyen las pozas

El trabajo es artesanal y de bajo costo. Voluntarios y técnicos colocan pequeñas presas de madera, ladrillo o turba a lo largo de los canales de drenaje históricos; el agua, en lugar de irse pendiente abajo, se queda en escalones. Sobre esa lámina de agua —los llamados bund pools— el sphagnum vuelve a engancharse. Es un proceso lento, sin trompetas, pero acumulativo: cada metro de zanja «cerrada» es un poco menos de carbono perdido y un poco más de agua retenida en el monte.

El doble beneficio: clima y fuego

El interés científico se concentra en dos efectos combinados. El primero es climático: una turbera húmeda captura CO₂; una degradada lo libera y se convierte en una fuente de gases de efecto invernadero. El segundo es la prevención de incendios. De acuerdo con datos que circulan en estudios británicos, los incendios en turberas representarían apenas un 25% de la superficie quemada del país, pero estarían detrás de hasta el 90% de las emisiones de carbono asociadas a incendios desde 2001. Y una turbera quemada puede tardar siglos en reabsorber el carbono que perdió. Volver a humedecerla baja la temperatura del suelo y reduce el riesgo de «quemas profundas» cuando llega el fuego.

Cuánto hay que restaurar

El objetivo oficial es ambicioso. El Comité de Cambio Climático del Reino Unido recomendó restaurar al menos 180.000 hectáreas de turberas hacia 2050 como parte del camino hacia la meta de cero emisiones netas. En paralelo, empiezan a aparecer iniciativas privadas: trascendió, por ejemplo, que un proyecto en Bewcastle recibió una subvención de unos 813.000 libras para restaurar una turbera privada, y la empresa Ridge Carbon Capture estaría involucrada en cerca de una docena de proyectos similares repartidos en el país.

Un modelo que se mira con atención

Las turberas almacenan, por hectárea, más carbono que muchos bosques, pero su degradación las convierte —según advierten organismos internacionales— en verdaderas «bombas de carbono» silenciosas. El caso británico es, en ese mapa, uno de los más observados: combina ciencia aplicada, restauración a baja escala y resultados medibles a mediano plazo. Cada poza nueva no soluciona el cambio climático, pero suma. Y, mirado en conjunto, ese mosaico de agua sobre las colinas empieza a contar otra historia.


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