La naturaleza tardó siglos en crearlo y casi lo perdemos

El ganado criollo, un tesoro biocultural moldeado por la naturaleza paraguaya

Hay formas de biodiversidad que no viven en una selva ni en un humedal, sino que caminan por los campos a la vista de todos —y que, justamente por eso, pasan desapercibidas hasta que están a punto de desaparecer. El ganado criollo paraguayo es una de ellas: un patrimonio vivo que la naturaleza tardó siglos en moldear y que hoy lucha por no extinguirse. Un documental impulsado por WWF-Paraguay puso el foco sobre su estado crítico, pero también sobre el enorme valor que el país está a tiempo de salvar.

Titulado «Ganado Criollo del Paraguay: Patrimonio Biocultural», el trabajo combina ciencia, historia e identidad rural para contar una historia que es, en el fondo, una historia ambiental: la de un recurso genético único que el Paraguay corre el riesgo de perder.

Una genética que la naturaleza tardó siglos en escribir

El criollo no es una raza diseñada en un laboratorio ni importada. Desciende de los animales que llegaron a estas tierras entre 1555 y 1568, y desde entonces fue la propia naturaleza la que, generación tras generación, lo fue afinando para sobrevivir en los ambientes más exigentes del territorio. El resultado es un animal rústico, resistente a los parásitos y capaz de prosperar donde otras razas no aguantarían. «El principal tesoro que tiene el criollo es su genética, totalmente amoldada por la naturaleza», resume Veronika Niedhammer, presidenta de la Asociación Paraguaya de Criadores de Pampa Chaqueño.

Esa adaptación, lograda a lo largo de siglos, lo convierte en un aliado valioso frente al cambio climático: en un mundo donde las sequías y las temperaturas extremas son cada vez más frecuentes, contar con seres vivos ya preparados para soportarlas es un patrimonio difícil de improvisar.

Un patrimonio al borde de desaparecer

El problema es que ese tesoro se está esfumando casi en silencio. La principal amenaza es la pérdida genética por cruzamientos con otras razas, sumada a la ausencia de documentación oficial desde 2004. Sin registros ni protección, varios tipos quedaron al filo de la extinción.

Los números asustan. El Pampa Chaqueño cuenta con apenas unos 1.200 ejemplares; el Criollo Ñeembucú, con 47; el Criollo Pilcomayo sobrevive de forma dispersa. Son poblaciones tan pequeñas que cualquier descuido podría borrarlas del mapa para siempre, llevándose consigo una información biológica imposible de recuperar.

Siete sobrevivientes y una esperanza

Pero la historia también guarda un giro luminoso. Durante el trabajo de campo, los investigadores hallaron ejemplares del Criollo Arroyos y Esteros —apenas siete— un tipo que se creía extinto y del que no había registros desde hacía dos décadas. El reencuentro con esos animales encendió una luz de optimismo. «El hallazgo de los ejemplares de arroyenses es muy significativo porque abre posibilidades concretas», destacó el investigador Rubelio Cattebeke.

Que sobrevivan siete puede parecer poco, pero en conservación cada individuo cuenta: son la base genética desde la cual, con trabajo y cuidado, una población puede empezar a recuperarse.

Por qué cuidarlo es cuidar el ambiente

Detrás de cada uno de estos animales hay algo más grande que una raza: hay biodiversidad, hay siglos de adaptación natural y hay la posibilidad de construir sistemas más resilientes frente a un clima que cambia. Conservar al criollo no es nostalgia rural, es una estrategia ambiental de futuro. «Buscamos comprender mejor al criollo: dónde está, en qué condiciones se encuentra y quiénes son las personas que los protegen», explicó Cristina Morales, directora de Desarrollo Sostenible de WWF-Paraguay.

Documentar, visibilizar y proteger este patrimonio vivo es, en definitiva, una forma de cuidar la riqueza natural del país. Porque la naturaleza ya hizo el trabajo más difícil —moldear durante siglos un animal perfectamente adaptado a esta tierra—; lo que falta, ahora, es que el Paraguay no lo deje perder.


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