El tóxico episodio que cambió la historia marina

Cuando un gas invisible convirtió los océanos en trampas mortales

Mucho antes de los dinosaurios, los mares de la Tierra atravesaron una crisis silenciosa y letal. Un nuevo estudio científico identifica a un gas tóxico como factor clave de una extinción que eliminó a casi la mitad de la vida marina, sin posibilidad de escape.

Un colapso temprano de la vida en los océanos

Durante el período conocido como Cámbrico 4, hace entre 509 y 514 millones de años, ocurrió la primera gran extinción del Fanerozoico. Los registros fósiles indican que cerca del 45 % de los géneros marinos desaparecieron, poco después de la llamada explosión cámbrica, cuando la vida oceánica se diversificaba con rapidez.

Durante décadas, la explicación dominante apuntó a la anoxia oceánica: mares pobres en oxígeno donde los animales simplemente se asfixiaron. Sin embargo, nuevas evidencias geoquímicas sugieren que el escenario fue aún más extremo.

El sulfuro de hidrógeno y mares convertidos en zonas mortales

El estudio, liderado por el geoquímico Chao Chang y publicado en Geophysical Research Letters, señala que amplias zonas oceánicas se volvieron euxínicas, es decir, ricas en sulfuro de hidrógeno (H₂S). Este gas, conocido por su olor a huevo podrido, es altamente tóxico para la mayoría de las formas de vida complejas.

Según el propio resumen del trabajo, “las aguas sulfúricas enriquecidas con H₂S son letales para los animales marinos”. Los autores sostienen que una expansión transitoria de estas aguas a lo largo de los márgenes continentales fue suficiente para provocar la extinción masiva.

La pista química: molibdeno y océanos tóxicos

Para reconstruir ese antiguo escenario, el equipo analizó isótopos de molibdeno, junto con otros indicadores químicos, en lutitas negras extraídas de un núcleo de perforación en la Plataforma del Yangtsé, en el sur de China. En océanos bien oxigenados, la señal isotópica del molibdeno es estable a escala global. Pero en condiciones de fuerte sulfuración, este metal puede combinarse con el azufre y quedar atrapado en los sedimentos.

Durante los dos principales pulsos de extinción, los valores de molibdeno alcanzaron niveles comparables a los actuales, un patrón difícil de explicar con una simple “zona muerta” local. Para los autores, esto apunta a un océano global temporalmente más tóxico, con aguas sulfídicas extendiéndose por vastas regiones.

Un mecanismo en cadena y ecos en el presente

El estudio propone una reacción en cadena: un aumento previo de la productividad biológica habría generado grandes volúmenes de materia orgánica. Al descomponerse, los microbios consumieron el oxígeno disponible y, en condiciones de escasez, produjeron sulfuro de hidrógeno como subproducto. Esa ola tóxica habría alcanzado incluso las capas superficiales iluminadas, donde vivían muchos animales.

La historia antigua tiene paralelos inquietantes. Desde la década de 1960, el océano moderno perdió alrededor del 2 % de su oxígeno, y las zonas de bajo oxígeno se expandieron unos 4,5 millones de kilómetros cuadrados. Hoy se registran más de 400 “zonas muertas” costeras, muchas vinculadas a contaminación por nutrientes. Aunque estamos lejos de una euxinia a escala cámbrica, la química de fondo es sorprendentemente similar.

Una advertencia escrita en las rocas

Para los autores, el mensaje es claro: el oxígeno oceánico no está garantizado. Cuando biología, clima y química se desalinean, los mares pueden volverse hostiles en lapsos breves desde una perspectiva geológica, pero devastadores para la vida. La extinción del Cámbrico muestra que, una vez que el sulfuro se impone, la recuperación es lenta y muchas especies no tienen segunda oportunidad.


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