Resiliencia ¿Somos adaptables por naturaleza?

Se define a la resiliencia como el proceso de adaptarse bien a la adversidad, a un trauma, tragedia, amenaza, o fuentes de tensión significativas, como problemas familiares o de relaciones personales, problemas serios de salud o situaciones estresantes del trabajo o financieras. Significa «rebotar» de una experiencia difícil, como si uno fuera una bola o un resorte.

Desde el punto de vista teórico podríamos hablar de tres corrientes que están en constante desarrollo: la norteamericana, conductista, pragmática y centrada en lo individual, que entiende la resiliencia como un conjunto de cualidades personales que permiten superar la adversidad, como ser la autoestima y la autonomía; la europea, con enfoque psicoanalítico, se centra en establecer cuál es la dinámica entre factores que permiten una adaptación positiva, pone el énfasis en el proceso y en el contexto social, esta corriente sostiene que se puede aprender a ser resiliente; y la latinoamericana, enfocada en lo comunitario, con énfasis en lo social.

La investigación ha demostrado que la resiliencia es ordinaria, no extraordinaria. La gente comúnmente demuestra resiliencia. Un ejemplo es la respuesta de las personas en los Estados Unidos a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 y sus esfuerzos individuales para reconstruir sus vidas.

Entre tantas especies, en esta explosión de vida destaca una especie aparentemente frágil, la nuestra. Nos faltan muchas cualidades y fortalezas físicas que otras especies sí tienen: carecemos de una piel recia para protegernos del frío, de grandes fauces para machacar nuestros alimentos, nuestros pies son frágiles y los climas extremos pueden matarnos. ¿Cuál es entonces nuestro secreto, la fortaleza que nos permite no solo sobrevivir, sino incluso ser una de las especies más exitosas de la tierra?

La fortaleza de nuestra especie reside precisamente en nuestra capacidad para adaptarnos a cualquier entorno. No dependemos de un solo entorno, y por ello, al contrario de lo que les pasa, por ejemplo, a un caballito de mar o a un ciempiés, no necesitamos hacer, decir y pensar siempre lo mismo. Somos adaptables y podemos cambiar nuestras rutinas, además la evidencia científica demuestra que nuestra fisiología nos apoya, nuestro cerebro tiene neuro plasticidad.

Estamos dotados como ninguna especie para transformar nuestro entorno a voluntad, a la medida de nuestras necesidades.

¿Necesitamos más comida? Sembramos.

¿Queremos luz por la noche? Inventamos la electricidad.

¿Hace frío? Sabemos producir calefacción o hacer fuego.

Ese es nuestro talento: fabricamos las herramientas que necesitamos para adaptarnos a casi cualquier lugar o situación, y si, también podemos adaptarnos y salir airosos de situaciones cotidianas problemáticas, así como de grandes adversidades. La mirada humana deslumbra cuando se empeña en arrancar de la materia gris un poquito de magia para convertir, por ejemplo, un filamento de carbón y una botella de vidrio en una bombilla. Somos buenos enfrentándonos a retos.

Además, somos más sociales que los demás mamíferos, incluso que muchos primates. Y es que, de entrada, como hemos visto, para criar a nuestros hijos, cuyos complejos cerebros tardan mucho tiempo en madurar, necesitamos contar con los demás, y por tanto tenemos que ser buenos cooperando, no somos parte de un grupo social por azar, sino que, somos parte del mismo porque necesitamos de la tribu, la comunidad nos protege y nos sostiene. Se ha demostrado que sentirse cuidado y valorado activa el proceso de sanación, por el cual se pasa primero muchas veces, antes de que se active el proceso de resiliencia.

Martin Luther King, por ejemplo, describía así la interrelación humana: En verdad el asunto se reduce a esto: toda vida está interrelacionada. Cada uno de nosotros está atrapado en una red ineludible de reciprocidad, atado por un hilo del destino. Lo que afecta a un individuo de forma directa, nos afecta a todos de forma indirecta. Estamos hechos para vivir juntos debido a la estructura interrelacionada de la realidad.

¿Te has parado alguna vez a pensar que no puedes irte a trabajar por la mañana sin algún tipo de dependencia de buena parte del mundo? Te levantas de la cama, vas al baño y coges una esponja, que ha llegado hasta ti gracias a un isleño del pacífico. Coges una pastilla de jabón, y esta te ha llegado gracias a un francés. Y luego vas a la cocina para tomarte tu café de la mañana, y eso es posible gracias a un sudamericano. Tal vez desees té: este llega a tu taza gracias a un chino. O tal vez prefieras cacao para el desayuno, y eso es posible gracias a un africano. Luego te prepararás una tostada, y esta habrá llegado a tus manos gracias a un agricultor inglés, por no mencionar al panadero. Y antes de terminar con tu desayuno habrás dependido de casi la mitad del mundo. Esta es la forma en que nuestro universo está estructurado, este es el tipo de relación recíproca. Esta es la estructura interrelacionada de toda nuestra realidad. Del libro: El mundo en tus manos, no es magia, es inteligencia social. Elsa Punset.

Gracias a estas características individuales y sociales podemos ser capaces de desarrollar una vida equilibrada, creativa y hasta optimista, a pesar de todo lo que nos haya podido suceder.

Podemos decir que, ser resiliente no quiere decir que la persona no experimenta dificultades o angustias. El dolor emocional y la tristeza son comunes no solo en las personas que han sufrido grandes adversidades o traumas en sus vidas, todas las personas experimentan en algún momento dolores y heridas emocionales. De hecho, el camino hacia la resiliencia probablemente está lleno de obstáculos que afectan nuestro estado emocional. La resiliencia no es una característica que la gente tiene o no tiene. Incluye conductas, pensamientos y acciones que pueden ser aprendidas y desarrolladas por cualquier persona y que nuestra propia naturaleza apoya.

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