Lo que se viene para la histórica Plaza Uruguaya

El debate por la Plaza Uruguaya y por qué importa cada árbol de la ciudad

Un árbol en medio de la ciudad es mucho más que un adorno. Da sombra, refresca el aire y, muchas veces, acompaña la vida de generaciones enteras de vecinos. Por eso, cuando un proyecto de obras pone en discusión el futuro de varios ejemplares en la histórica Plaza Uruguaya de Asunción, la noticia trasciende el caso puntual y reabre una pregunta que nos toca a todos: ¿cuánto vale realmente un árbol urbano?

Qué está en discusión en la Plaza Uruguaya

La intervención forma parte de la primera fase del proyecto de Revitalización del Centro Histórico de Asunción. Según trascendió, el Consorcio Palma —empresa a cargo de la obra— presentó un dictamen técnico en el que sostiene que algunos árboles interfieren con el nuevo diseño de camineros peatonales y obras civiles, y cita además problemas como ahuecamiento del tronco, pudrición interna o raíces colapsadas en varios ejemplares.

La empresa había solicitado inicialmente la remoción de 34 árboles, cifra que la Municipalidad de Asunción redujo a 22, según confirmó Máximo Barreto, director de Gestión Ambiental de la comuna. El punto que encendió la inquietud de vecinos y ambientalistas es que, entre los ejemplares marcados —lapachos negros de hasta 17 metros, un Yvyra Pytã, un lapacho rosado—, algunos figurarían en estado óptimo o excelente. A eso se sumó un reclamo por la falta de información clara sobre el alcance del proyecto.

Por qué un árbol urbano vale tanto

Más allá de cómo se resuelva este caso, la discusión invita a valorar algo que solemos dar por sentado. Los árboles de las ciudades cumplen funciones que ningún mobiliario urbano puede igualar. Dan sombra y bajan la temperatura, un servicio cada vez más valioso frente a las olas de calor. Limpian el aire y capturan dióxido de carbono. Ayudan a que el suelo absorba el agua de lluvia, reduciendo el riesgo de inundaciones. Cobijan aves e insectos, y aportan un bienestar difícil de medir pero fácil de sentir.

Hay, además, un factor que conviene no perder de vista: el tiempo. Un árbol adulto de quince o diecisiete metros tardó décadas en crecer hasta esa altura. Ese patrimonio verde no se recupera de un día para otro, y esa es, en buena medida, la raíz de la preocupación cuando ejemplares grandes y sanos entran en la lista de posibles retiros.

La compensación sobre la mesa

El proyecto contempla una respuesta a esa inquietud. El Consorcio Palma ofreció un esquema de compensación de «10 a 1»: la plantación de 340 plantines de especies nativas —lapachos, jacarandás y Yvyra Pytã— en la propia Plaza Uruguaya y en las costaneras Norte y Sur, en línea con la Ley N° 4.928/13 de Protección al Arbolado Urbano. Es una medida que apunta a reponer, con creces en número, lo que se retire.

El debate de fondo, sin embargo, sigue abierto: para quienes defienden el arbolado, muchos plantines jóvenes no equivalen, en lo inmediato, a un árbol maduro que ya da sombra y refugio. De ahí la importancia de que estos procesos se manejen con información clara, criterios transparentes y participación ciudadana.

Una oportunidad para mirar hacia arriba

Casos como el de la Plaza Uruguaya dejan una enseñanza que excede a esa esquina de Asunción: los árboles urbanos son un bien común que merece ser tenido en cuenta cada vez que se piensa la ciudad. Desarrollar y modernizar los espacios no tiene por qué estar reñido con cuidarlos; la clave está en el equilibrio, la información y el criterio.

Al final, cada árbol que crece en una plaza es una pequeña fábrica de sombra, aire limpio y memoria. Aprender a valorarlos —y a exigir que se los cuide— es, quizás, una de las formas más concretas de construir ciudades más habitables para todos.


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