El silencio selectivo que erosiona la democracia
El reciente episodio protagonizado por el diputado Raúl Benítez, enfrentado a preguntas incómodas sobre un viaje oficial, expone una preocupante tendencia en el debate público de Paraguay: la crítica se ejerce de manera selectiva. Mientras la prensa cumple con su deber de cuestionar el uso de recursos públicos, independientemente del partido o color que represente la autoridad, pareciera ser que solo se puede cuestionar al gobierno de turno, al oficialismo, y está prohibido cuestionar a la oposición.
El problema de fondo trasciende el caso puntual. En Paraguay, el escrutinio parece depender más de las afiliaciones políticas que de un genuino interés por la transparencia. Cuando los viajes son realizados por figuras de la oposición, las críticas tienden a diluirse en el silencio. Pero si el beneficiario es un oficialista, las mismas voces estallan con denuncias vehementes. Esta doble vara no solo es injusta, sino que socava la confianza ciudadana en las instituciones.
La democracia exige rendición de cuentas sin importar colores partidarios. Los fondos públicos pertenecen a todos los paraguayos, y cada uso debe ser explicado. Sin embargo, la respuesta del diputado Benítez, reacia y agresiva, refleja una peligrosa cultura de opacidad y desprecio hacia el rol fiscalizador de la prensa. En lugar de enfrentar las preguntas, se descalifica al mensajero, buscando desviar la atención del fondo del problema.
Lo más alarmante de esta actitud es el precedente que establece. Si el cuestionamiento público se transforma en una actividad condicionada por intereses políticos, la verdadera supervisión se extingue. La crítica, para ser legítima, debe ser pareja y valer tanto para el oficialismo como para la oposición. De lo contrario, el debate se convierte en una farsa que legitima abusos y perpetúa privilegios.
El Paraguay que todos aspiramos necesita una prensa fuerte y una ciudadanía vigilante. No se trata de ser oficialista ni opositor, sino de exigir claridad y responsabilidad a quienes ostentan cargos públicos. En una sociedad democrática, el silencio selectivo no solo es cómplice, sino también destructor.
