El futuro del país depende de un tesoro escondido

Los parques nacionales, guardianes silenciosos de la biodiversidad paraguaya

Hay un Paraguay que la mayoría no conoce, y que sin embargo respira por todos nosotros. Está en los bosques que aún resisten, en los humedales que filtran el agua, en los pastizales que esconden especies que no existen en ningún otro lugar del mundo. Ese país silencioso vive, en buena medida, dentro de sus áreas protegidas. Y aunque cueste creerlo, de su salud depende nuestro propio futuro.

Los datos sorprenden: alrededor del 15% del territorio paraguayo se encuentra bajo alguna forma de protección ecológica. Es una porción enorme del país dedicada a preservar la vida. El problema es que gran parte de ese patrimonio sigue siendo, para el ciudadano común, un perfecto desconocido.

Un patrimonio más grande de lo que imaginamos

Paraguay cuenta con 128 Áreas Silvestres Protegidas registradas. La distribución dice mucho sobre cómo se cuida la naturaleza en el país: un 55% son privadas (71 áreas), un 42,5% públicas (54) y el resto corresponde a otros dominios. Según un estudio de WWF Paraguay de 2025, en total existirían más de un centenar de estas áreas a lo largo del territorio.

Entre ellas brillan los parques nacionales: doce de ellos suman, juntos, más de 1.500.000 hectáreas. Los gigantes están en el Chaco —Defensores del Chaco, con más de 720.000 hectáreas, y Médanos del Chaco, con más de 605.000—, pero también hay joyas en la región oriental, como Cerro Corá, Ybycuí o el parque de Caazapá. El primero de todos, Tinfunqué, fue creado en 1966 y marcó el inicio de esta larga historia de conservación.

Por qué importan tanto

Un área protegida no es un terreno «guardado» sin uso. Es una fábrica silenciosa de servicios que sostienen la vida: regulan el clima, conservan las fuentes de agua, resguardan especies en peligro y mantienen el equilibrio de ecosistemas enteros. Todo ese entramado está organizado bajo el Sistema Nacional de Áreas Silvestres Protegidas (SINASIP), creado por la Ley 352 de 1994, y supervisado por el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible. Cuidar estos espacios no es un lujo ambientalista: es una inversión en el agua, el aire y el alimento de las próximas generaciones.

Las amenazas que los acechan

El desafío es que estos territorios no están a salvo. Sobre ellos pesan presiones que, sumadas, ponen en riesgo décadas de conservación: la tala ilegal, la extracción clandestina de fauna y otros recursos, los incendios, el avance de especies exóticas invasoras, el turismo no sostenible, la expansión urbana y la contaminación. Cada una, por separado, ya es preocupante; juntas, dibujan un panorama que exige atención.

A esa lista se suma una amenaza más sutil, pero no menos grave: el desconocimiento. Difícilmente se proteja lo que no se conoce ni se valora. Por eso, ponerle nombre a estos parques —saber que existen, qué guardan y por qué importan— es ya una forma de defensa.

Conocer para cuidar

La buena noticia es que detrás de estas áreas hay gente trabajando: instituciones del Estado, organizaciones como WWF Paraguay, equipos académicos de la Facultad de Ciencias Agrarias de la UNA y guardianes que dedican su vida a sostener estos refugios de biodiversidad. Pero ninguna política de conservación alcanza si la ciudadanía mira para otro lado.

El futuro del país, en buena parte, se juega en estos territorios verdes que pocos visitan y muchos ignoran. Conocerlos, visitarlos con respeto y exigir su cuidado es una manera concreta de defender lo que nos pertenece a todos. Porque proteger un parque nacional no es solo salvar árboles y animales: es asegurar el Paraguay que queremos dejarles a quienes vienen detrás.


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