El color de la comida que comés tiene un costo

De la góndola al laboratorio: una conversación que vuelve

Casi cualquier producto envasado lleva en su etiqueta una lista de «ingredientes» cifrados con una letra y un número: E100, E200, E330. Son los aditivos alimentarios, una familia que incluye colorantes, conservantes y antioxidantes. Tres estudios franceses publicados en revistas científicas de peso volvieron a poner el tema sobre la mesa con datos concretos sobre su consumo prolongado, según recoge una publicación local. La precaución clave: hablan de asociaciones estadísticas, no de relaciones de causa y efecto.

Qué dicen los estudios

Los trabajos fueron liderados por investigadores del Instituto Nacional de Salud e Investigación Médica (Inserm) de Francia —Sanam Shah y Anaïs Hasenböhler, bajo la supervisión de la epidemióloga Mathilde Touvier— y publicados en revistas como Diabetes Care, European Journal of Epidemiology y European Heart Journal. La base reúne datos de más de 100.000 personas.

Las asociaciones principales que reportan, según la publicación:

  • Mayor consumo de colorantes alimentarios+38% en el riesgo de diabetes tipo 2, +14% en el riesgo de cáncer en general y +21% en el riesgo de cáncer de mama.
  • El subgrupo de mujeres posmenopáusicas mostró un aumento mayor en el riesgo de cáncer de mama (en torno al 32%).
  • Mayor consumo de conservantes y antioxidantes+24% en el riesgo de hipertensión y +16% en el riesgo de enfermedades cardiovasculares.

Una revisión global más amplia, mencionada en la misma publicación, encontró que 93 de 104 estudios sobre aditivos reportaron algún efecto nocivo asociado.

De qué hablamos cuando hablamos de «códigos E»

El sistema clasifica a los aditivos en familias numéricas. Los E100 a E199 son colorantes; los E200 a E299 y los E300 a E399 incluyen conservantes y antioxidantes (por ejemplo, el sorbato de potasio, E202, o el ácido cítrico, E330). No todos tienen el mismo perfil de riesgo: algunos son aditivos comunes y muy estudiados, mientras que otros concentran las miradas más críticas.

Asociación, no causa: por qué el matiz importa

Los propios autores remarcan un punto que conviene no perder de vista: los estudios no prueban por sí mismos una relación de causa y efecto. Son investigaciones observacionales que detectan correlaciones en grandes poblaciones. Aun así, sus hallazgos se suman a la evidencia acumulada sobre el consumo elevado de alimentos ultraprocesados —donde estos aditivos suelen concentrarse— y el aumento de riesgo para varias enfermedades crónicas.

Qué se puede hacer en la práctica

Sin necesidad de demonizar ningún ingrediente, las recomendaciones que repiten las publicaciones del rubro son consistentes:

  • Leer las etiquetas y revisar la lista de ingredientes: si aparecen muchos códigos E o nombres difíciles de pronunciar, suele ser un alimento ultraprocesado.
  • Priorizar alimentos frescos y mínimamente procesados (frutas, verduras, legumbres, cereales integrales, lácteos sin saborizar, carnes magras).
  • Limitar la frecuencia de gaseosas, snacks de paquete, embutidos, golosinas y productos de panificación industrial.
  • Atender los grupos más vulnerables —niños, embarazadas, mujeres posmenopáusicas, personas con condiciones de salud previas— consultando con un profesional cuando haya dudas.

La ONG Foodwatch, citada en la publicación, fue más lejos y pidió la prohibición de nitritos y aspartamo. Esa es una posición de incidencia política; la decisión, en cada país, depende de las agencias regulatorias.

Importante: esta información es de carácter divulgativo y no reemplaza la indicación de un profesional de la salud o de un nutricionista.


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