Por Mario Ferreiro
Ni siquiera lo disimulan. Tampoco parecen creer en la gradualidad, clásica de los nuevos gobiernos. Una vez obtenida la arrasadora victoria del 30 de abril, -cuya legitimidad muchos siguen cuestionando, ya estérilmente ahora-, los renovados detentores del poder político de nuestro país han echado a andar una verdadera maquinaria, -una topadora como la gente los percibe-, que amenaza con atropellar cualquier intento de disidencia que pueda molestar los planes del gobierno a punto de iniciarse.
Al parecer, estos no piensan dejar títere con cabeza, reformulando aquel axioma stronista que se nos repetía hasta el cansancio: “en democracia manda la mayoría”. Y no tienen cuestionamiento moral alguno en demostrar que así lo harán. Solo podría frenarlos, eventualmente, alguna reacción ciudadana que por el momento resulta muy poco probable.
Algunos perciben cierta torpeza, en los primeros nombramientos, tan alevosamente provocadores como el caso del joven Hernán Rivas en el JEM, o la integración, casi a modo de burla, de las comisiones de ambas cámaras del Parlamento. Pero en realidad, todo parece indicar que hay un plan y lo comenzaron a ejecutar la misma noche en que obtuvieron el aplastante triunfo. ¿Será por eso que no se organizaron grandes festejos luego de la victoria? La tarea parece urgente e incontenible. No hay tiempo que perder. Al fin y al cabo, hasta el otrora temido Departamento de Estado parece atónito e irresoluto después del resultado de las elecciones.
Dicho plan pasó rápidamente a la acción con el sucesivo nombramiento de un gabinete, surgido, dicen que, más del quincho de la calle España que de la residencia del presidente electo. Y sobre todo se dirige al copamiento indisimulado de los tres poderes del estado, haciendo especial hincapié en el sistema de justicia, que incluye como todos sabemos el Ministerio Público y el Poder Judicial. Una vez completado el dominio de ese circuito, que se sumará al control absoluto del parlamento y el poder ejecutivo, estaremos ante el inicio de una etapa tentadoramente autoritaria, en la que podrá ocurrir cualquier cosa. “Carta blanca”, que le dicen.
Por eso la reciente imputación del intendente de Ciudad del Este, Miguel Prieto, más la existencia de una supuesta lista de futuros procesados, en las que según se comenta, están muchos de los que muy pronto dejarán sus actuales cargos en el gobierno, presagia un tiempo oscuro, de brutales persecuciones. Esto podría ocurrir, incluso pasando por encima del freno que les podría significar una corte aún dividida y un fiscal general del estado con ganas de hacer bien las cosas. Se cree que, si persisten en no alinearse, para ambos también hay un plan de destitución más inmediato de lo que todos podemos suponer.
Así las cosas, lo que hoy parece una exageración podría ser no tan descabellado en un futuro muy cercano. Lo que han hecho con Cruzada Nacional es de manual: el aparatoso apresamiento de su líder Paraguayo Cubas, apenas concluida las elecciones; la posterior absorción de la casi totalidad de sus parlamentarios, que ya hacen bancada con el oficialismo, y los resultados obtenidos en la conformación de las mesas directivas de diputados y senadores, nos pinta de manera clara el panorama que se avecina.
Ni Corea del Norte o Irán se animaron a tanto. Pero como la oposición quedó destrozada, y la ciudadanía tiene poco tiempo para preocuparse de otra cosa que no sea su propia subsistencia, éstos vienen con todo y van por todo.
Ojalá nos equivoquemos. Pero las señales no son engañosas, y la tradición autoritaria de nuestra historia política no dejan mucho lugar para la esperanza. Dios nos libre y nos guarde.
