Dos caras de una misma moneda, pero de diferentes épocas, son el primero y el segundo.
Ambos arquitectos de genocidios, Eichman del Holocausto y Fauci de la despoblación mundial plandemia mediante.
Ambos encajan en el concepto de la periodista, escritora y filósofa judía Hannah Arendt sobre la banalidad del mal. Concepto inspirado en el juicio de Eichmann que ella cubrió en Jerusalén en 1961, luego de que este fue secuestrado por el Mossad de la Argentina y llevado a Israel.
Durante el proceso al nazi, Arendt pensó que se iba a encontrar con un monstruo sediento de sangre, con un genio del mal ya que se trataba de unos de los principales actores de la muerte de seis millones de judíos. Sin embargo, lo que vio le dejó helada.
Eichmann no era un sádico y tampoco un psicópata si no un simple burócrata, un oficinista mediocre y aburrido que solo se preocupaba por cumplir sus horarios y ascender de puesto. Arendt concluyó que para cometer atrocidades no se necesita ser tan malo, solo obediencia ciega y renunciar a la capacidad de pensar. De esta manera pueden convertirse en un engranaje de una gran maquinaria de horrores.
O sea, lo más escalofriante que descubrió Arendt, fue que los males más grandes del mundo son cometidos por personas aparentemente normales.
El ejemplo más atinado sobre este concepto y que nos tocó padecer a los paraguayos fue Marito, si se quiere, el Eichman paraguayo. Un tipo gris, sin muchas emociones ni luces, fue puesto en la presidencia por el embajador estadounidense Mc Kleeny y por poco no destruyó el Paraguay en su intento de entregar la soberanía a los globalistas.
Ahora le llegó su Jerusalén a Fauci y las pruebas de su responsabilidad en el genocidio des poblacional salta por todos lados y a cada momento. Debería correr la misma suerte del alemán, terminar en la horca, pienso lo mismo para Marito quien fue justamente una pieza en la maquinaria de Fauci.
El covid 19 fue todo mentira, el mismo virus fue mentira, no era el que mataba, los médicos lo hacían en los hospitales, recibían dinero por hacerlo. De nada servía el repugnante tapabocas y menos la ridícula distancia social además de lavarse las manos donde quiera que ibas, el circovid.
Lo grave fueron las muertes inducidas, el quiebre de los negocios, de las familias, de todas las libertades, la censura estuvo en su apogeo avalada por la propia gente que debió defenderla hasta con su vida si era necesario, la casta más execrable y prostituida de todas; los periodistas. Arrodillados ante los gobiernos cuando debieron pararse y enfrentarlos y exigir la desobediencia civil, fueron cómplices del crimen contra la humanidad.
Señoras y señores, la plandemia demostró la certeza de la teoría del economista italiano Carlos Cipolla, autor del libro “Leyes fundamentales de la estupidez humana”, hay muchos más idiotas en circulación de lo que creemos o imaginamos. Las estadísticas sobre la gente vacunada lo demuestran.
Shabat shalom
Escrito por El Padrino
Raúl Melamed


