Un bosque comestible y plantas medicinales en el Jardín Botánico de Asunción
En medio del ajetreo de la ciudad, escondido «en la profundidad del bosque», existe un lugar donde uno puede caminar entre árboles frutales y plantas cargadas de historia. Está en el Jardín Botánico de Asunción, y muchos capitalinos ni siquiera saben que existe. Se trata del Centro de Conservación y Educación Municipal, un verdadero tesoro verde que alberga dos joyas: un bosque comestible y un vivero de plantas medicinales.
Es de esos rincones que sorprenden justamente por su cercanía: no hace falta viajar lejos para reconectar con la naturaleza, alcanza con animarse a descubrir lo que la propia ciudad guarda.
Un bosque que se puede comer
La idea de un «bosque comestible» ya es, de por sí, encantadora: un espacio pensado para que la vegetación no solo embellezca, sino que también alimente. «Tenemos como 50 variedades de plantas comestibles», contó la directora del centro. Entre ellas conviven especies muy queridas por el paladar paraguayo, como el kokũ, la pitanga, la guayaba, la banana, la chirimoya y el níspero, en forma de árboles y arbustos que dan frutos aprovechables.
Recorrerlo es una lección viva sobre cómo la naturaleza puede ser generosa y hermosa al mismo tiempo, y sobre la enorme variedad de sabores que crecen en nuestra propia tierra.
Un jardín de saberes verdes
El otro corazón del centro es el vivero de plantas medicinales, que reúne especies ligadas a los usos tradicionales transmitidos de generación en generación. Allí crecen el romero, la verbena, el toronjil, la ruda, el burrito, la salvia, el aloe vera, la menta, la yerba mate, la cúrcuma y el pacholí, entre otras. Más que un catálogo botánico, es un archivo vivo de la cultura popular: el saber sobre las plantas que las abuelas y los abuelos fueron pasando de mano en mano a lo largo del tiempo.
Mucho más que plantas
Detrás de esta iniciativa municipal hay una misión que va más allá de lo estético. El centro trabaja en la conservación de especies nativas, en la educación ambiental y en la enseñanza sobre los ecosistemas y los procesos naturales. En una época en que la ciudad avanza sobre lo verde, contar con un espacio que preserva la biodiversidad y transmite conocimiento es un patrimonio invaluable —tanto para el ambiente como para la identidad cultural paraguaya.
Un lugar para visitar en familia
Lo mejor de todo es que sus puertas están abiertas. El centro recibe la visita de familias y grupos escolares, que pueden recorrerlo previa consulta a los guías del Jardín Botánico. Es un plan ideal para que los más chicos aprendan de dónde vienen los frutos que comen, descubran para qué se usaban las plantas de sus abuelos y entiendan, jugando, por qué vale la pena cuidar la naturaleza.
Espacios así son los pulmones y la memoria viva de la ciudad. Conocerlos, visitarlos y valorarlos es la mejor manera de asegurarnos de que sigan existiendo. Porque a veces, para reencontrarse con lo esencial, solo hace falta adentrarse un poco en el bosque que tenemos más cerca de lo que creemos.
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