Paraguay no está listo para lo que viene

Las olas de calor serán más frecuentes y exponen la vulnerabilidad de Paraguay

Cuando los récords de temperatura en Europa dieron la vuelta al mundo, muchos lo vivieron como una postal lejana. Pero el calor extremo no entiende de fronteras, y en Paraguay lo sabemos por experiencia propia: Asunción llegó a registrar sensaciones térmicas de hasta 45 grados. La advertencia de los especialistas es clara y conviene tomarla en serio: estos episodios van a ser cada vez más frecuentes, y el país no está del todo preparado para enfrentarlos.

Detrás de esa alerta hay una idea incómoda pero útil: el calor extremo funciona como una prueba de estrés que deja al descubierto nuestras debilidades. Y mirarlas de frente es el primer paso para corregirlas.

Más frecuentes, más intensas, más largas

Las olas de calor no son una novedad —existen registros en el país desde 1920—, pero lo que cambió es su comportamiento. «Estas olas de calor, en principio, y no solo en Europa, están en aumento en frecuencia e intensidad», explica Roberto Salinas, director de la carrera de Meteorología de la Facultad Politécnica de la Universidad Nacional de Asunción. A mayor frecuencia, mayor intensidad y mayor duración, el fenómeno se vuelve más difícil de sobrellevar. Y los especialistas coinciden en que la tendencia apunta a algo ya conocido: el calentamiento global.

La vulnerabilidad que el calor deja al desnudo

El punto más delicado, según Salinas, no es el termómetro en sí, sino la capacidad de respuesta del país. La infraestructura eléctrica encabeza la lista de preocupaciones. «Cuando tenemos una ola de calor de dos, tres, cuatro días, al tercer o cuarto día no tenemos electricidad en muchos lugares», advierte el especialista, describiendo lo que define como «una vulnerabilidad enorme» frente a los eventos meteorológicos extremos.

El problema se extiende al planeamiento urbano. «Existen ciudades, existen regiones grandes que no están preparadas para poder enfrentar este tipo de eventos», señala. Sin sombra, sin energía estable y sin espacios que mitiguen el calor, una ciudad se convierte en una trampa térmica justo cuando más necesita funcionar.

No es solo incomodidad: es salud

Conviene dimensionar lo que está en juego. La Organización Mundial de la Salud estima que las olas de calor provocan alrededor de 540.000 muertes al año en todo el mundo. No se trata de un dato abstracto: cuando el calor extremo se combina con cortes de energía, la situación golpea con más fuerza a los más vulnerables —personas mayores, niños y quienes dependen de la electricidad para su salud—. El calor, en esas condiciones, deja de ser una molestia y se vuelve un riesgo real.

Prepararse, la única salida

La buena noticia es que la advertencia viene acompañada de un camino. Salinas insiste en la necesidad de fortalecer la «resiliencia y capacidad de adaptación de la infraestructura» y de preparar mejor a la población. Eso implica una red eléctrica más robusta, ciudades pensadas para el calor —con más arbolado, más sombra y más espacios verdes— y campañas que enseñen a la gente cómo cuidarse durante los picos de temperatura.

Adaptarse no es rendirse ante el clima: es anticiparse a él. Cada ola de calor que pasa deja una lección, y la manera más inteligente de aprovecharla es prepararnos antes de la próxima. Porque el calor extremo, lejos de ser un problema de otros continentes, ya está tocando la puerta de casa —y de cómo respondamos hoy dependerá cuánto nos afecte mañana.


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